Mis gustos musicales son muy variados. Dado que me gusta demasiado bailar, no tengo ningún problema en hacerlo con cualquier tipo de música y eso pasa por valses criollos y de salón, baladas, salsa, electrónica, reggaeaton, cumbia, marinera, zamacueca, huaylash, saya, etc.
Por épocas predomina en especial algún tipo de música. Los géneros más recientes fueron el reggeaton y el latin pop, sin embargo esto cambió hace más o menos un mes. Desde entonces mi “radio de cabecera” se volvió Radiomar Plus (si, si, la que dice “categóricamente superior” y “ay qué rico”).
Me sentía de un humor espectacular al despertar con Celia Cruz, Hertor Lavoe, Willie Colón, Oscar de León, Rubén Blades, el Gran Combo y las estrellas de la Fania. Inexplicablemente me sentía recargada, con pilas y, obviamente, con ganas de bailar. Así salía a trabajar.
Las últimas dos semanas anduve de vacaciones (las primeras de mi vida, por cierto, pero ese es otro tema) y obviamente con harto tiempo para pensar. Una de las primeras noches me cogió un insomnio bravazo y vinieron en avalancha una serie de recuerdos, sentimientos y pensamientos. Todos ellos relacionados en simultáneo con mis padres, mi familia, mi niñez, el colegio, la universidad, mis chambas, la tesis, mi novio. Mucha carga emocional junta.
Pero las escenas más jodidas estaban relacionadas con los tres primeros tópicos de la lista y todas ellas tenía en transversal algún motivo salsero. Entonces decidí focalizarme en ese detallito. El enorme vacío en el estómago y esa inconmensurable sensación de nostalgia y angustia se volvieron casi constantes.
Pues si, el asunto me resulta muy polar. La salsa dura, con todas esas canciones y esos cantantes me hacen recordar escenas muy felices y me genera una nostalgia enorme.
La primera y quizá la que más tristeza-alegría me provoca es la escena de mis padres bailando juntos en algún cumpleaños familiar, cuando a mis seis o siete años creía que era la pareja perfecta. Eso es algo que hacen hasta ahora aunque yo considere, a mi humilde entender, que su relación ya fue (ni se hablan).
Luego vendrían las reuniones domingueras, cuando mi familia extensa tampoco tenía tantos problemas, no se habían enfermado los que ahora lo están, no se habían ido los que ya se fueron, cuando se les veía con tanta energía a pesar de todo (porque siempre hay problemas). Cuando mi mayor preocupación era que la parrillada del domingo terminara máximo a las 8 de la noche para que pudiera dormir lo suficiente y levantarme super pilas para ir al colegio el lunes tempranito. Eran buenos tiempos.
Lo malo es que insistía en aferrarme a ellas, cayendo en la necedad de querer que todos sean felices todo el tiempo. Como si fuera posible. Entonces me di cuenta que tal vez sería un pretexto para no buscar mi felicidad. Para no bailar mi propio baile, que es el que ahora me quiero inventar.
Buscar mi propia sensación de alegría, de tranquilidad, al entrar en una burbuja propia en la que comparta la atención a los movimientos para llevar y dejarme llevar. Lograr la coordinación que ofrece un espectáculo armónico que permite también que cada uno brille con su propia luz. Es solo cuestión de ritmo, y de práctica.
Por épocas predomina en especial algún tipo de música. Los géneros más recientes fueron el reggeaton y el latin pop, sin embargo esto cambió hace más o menos un mes. Desde entonces mi “radio de cabecera” se volvió Radiomar Plus (si, si, la que dice “categóricamente superior” y “ay qué rico”).
Me sentía de un humor espectacular al despertar con Celia Cruz, Hertor Lavoe, Willie Colón, Oscar de León, Rubén Blades, el Gran Combo y las estrellas de la Fania. Inexplicablemente me sentía recargada, con pilas y, obviamente, con ganas de bailar. Así salía a trabajar.
Las últimas dos semanas anduve de vacaciones (las primeras de mi vida, por cierto, pero ese es otro tema) y obviamente con harto tiempo para pensar. Una de las primeras noches me cogió un insomnio bravazo y vinieron en avalancha una serie de recuerdos, sentimientos y pensamientos. Todos ellos relacionados en simultáneo con mis padres, mi familia, mi niñez, el colegio, la universidad, mis chambas, la tesis, mi novio. Mucha carga emocional junta.
Pero las escenas más jodidas estaban relacionadas con los tres primeros tópicos de la lista y todas ellas tenía en transversal algún motivo salsero. Entonces decidí focalizarme en ese detallito. El enorme vacío en el estómago y esa inconmensurable sensación de nostalgia y angustia se volvieron casi constantes.
Pues si, el asunto me resulta muy polar. La salsa dura, con todas esas canciones y esos cantantes me hacen recordar escenas muy felices y me genera una nostalgia enorme.
La primera y quizá la que más tristeza-alegría me provoca es la escena de mis padres bailando juntos en algún cumpleaños familiar, cuando a mis seis o siete años creía que era la pareja perfecta. Eso es algo que hacen hasta ahora aunque yo considere, a mi humilde entender, que su relación ya fue (ni se hablan).
Luego vendrían las reuniones domingueras, cuando mi familia extensa tampoco tenía tantos problemas, no se habían enfermado los que ahora lo están, no se habían ido los que ya se fueron, cuando se les veía con tanta energía a pesar de todo (porque siempre hay problemas). Cuando mi mayor preocupación era que la parrillada del domingo terminara máximo a las 8 de la noche para que pudiera dormir lo suficiente y levantarme super pilas para ir al colegio el lunes tempranito. Eran buenos tiempos.
Lo malo es que insistía en aferrarme a ellas, cayendo en la necedad de querer que todos sean felices todo el tiempo. Como si fuera posible. Entonces me di cuenta que tal vez sería un pretexto para no buscar mi felicidad. Para no bailar mi propio baile, que es el que ahora me quiero inventar.
Buscar mi propia sensación de alegría, de tranquilidad, al entrar en una burbuja propia en la que comparta la atención a los movimientos para llevar y dejarme llevar. Lograr la coordinación que ofrece un espectáculo armónico que permite también que cada uno brille con su propia luz. Es solo cuestión de ritmo, y de práctica.